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A propósito de un artículo de Fausto J. Alfonso. PDF Imprimir E-mail
Lunes, 01 de Marzo de 2010 00:00
El propósito de estas líneas es el de discutir algunas de las posiciones expuestas por Fausto Alfonso en su artículo “Mendoza, ¿pinta bien?”1, particularmente aquellas que, creemos, presentan problemas de índole teórica y práctica; todo ello con el fin de aportar al necesario debate acerca del valor cultural de la crítica de la producción de imágenes, tal como se practica en nuestro(s) medio(s).

 

El arte en el banquillo de los acusados.

“Bach es superior a Strauss porque así lo afirman los peritos. Objeción:
¿cómo se sabe que un señor es perito? Porque prefiere Bach a Strauss.
Resultado: Bach es superior a Strauss porque así lo afirman los señores
que prefieren Bach a Strauss.” Ernesto Sábato
    Para comenzar debo sostener que aún coincidiendo con las observaciones de Fausto Alfonso respecto a la evidente pérdida de actitud crítica frente a las artes plásticas en nuestra provincia, es claro que su propio punto de vista resulta insuficiente para subsanar el problema.

    El texto de Alfonso comienza con una extraña referencia a Roger de Piles, aquél infame funcionario del poder absolutista francés que se encontró al frente de la “Academia Francesa para el fomento del Arte y las Ciencias” y que desde los primeros años del s. XVIII se encargó de evaluar, con una tabla de calificaciones diseñada a tal efecto, a los pintores que aspiraba ser amparados por el Estado. Alfonso ironiza ante semejante absurdo. Pero la ironía decae a medida que nos aproximamos al último párrafo de su texto donde termina reclamando una justa diferenciación entre artistas contemporáneos “genuinos” y de “pacotilla”, para lo cual le “dan ganas de pedir a gritos la implacable tabla de Roger de Piles”.

    Perplejo ante semejante desenlace, me pregunté bajo qué “leyes” se impartiría la “justicia” que distinguiría a los artistas genuinos de sus colegas de pacotilla, y quién sería el encargado de impartir dicha justicia. Alfonso sostiene que la crítica de arte debería impartir dicha justicia sin caer en amiguismos ni en obsecuencias, fundándose en un conocimiento multidisciplinario del arte que se toma por objeto; deberían evaluarse las características técnicas, los motivos y el aspecto ideológico de las obras. Y no dice nada más al respecto.

    Es en este punto donde percibo el límite de la propuesta, y es que no se trata de comprender solamente -como sugiere Fausto Alfonso- los aspectos técnicos y los fundamentos estéticos del arte que se critica, sino además de interiorizarnos en las condiciones de producción de dicho arte. En este sentido el crítico debería vérselas francamente con problemas de índole político, social, económico y cultural, los cuales inciden directa e indirectamente en el trabajo específico del artista productor y sus fines. Pero además habría que agregar como parte de esta problemática un factor de suma importancia, a saber: el lugar de la crítica en esas condiciones de producción artística, ya que a nadie se le puede escapar (y menos al crítico) el espacio que esta actividad ocupa en el proceso productivo de las obras. En otras palabras, la crítica de arte se encuentra involucrada en la producción artística debido a que lo que hace el crítico no es tanto descubrir valores artísticos flotando en el aire, sino más bien construirlos al darles visibilidad y legitimidad con sus palabras. Este es un problema que se le “escapa” a Alfonso.

    Esto nos lleva a hallarnos frente a un problema que se desprende de los planteos anteriores, y es el referido a la posición desde la cual determinar que una obra o la producción completa de un artista es un “fiasco” o es “genuina” (según los términos empleados por Alfonso). Al menos la virtud del arrebato de nuestro amigo frente a las artes visuales es la de poner en evidencia (probablemente sin saberlo) la encrucijada en la que se encuentra la mismísima crítica de arte: puesto que si la misión de esta actividad  debe ser la de determinar y separar las obras “genuinas” de los “fiascos”, ¿desde qué punto de vista habría que -según palabras de Alfonso- “evaluarlas seriamente”?

    En este sentido el discurso de Alfonso nos hace pensar que los análisis e interpretaciones del crítico deberían basarse en alguna especie de aséptica objetividad. La legitimidad de la perspectiva del crítico, pasa por alto la propia ideología desde la cual se evalúa el aspecto ideológico de la obra. En otras palabras, decreta un tipo de objetividad que, en rigor, no es más que indeterminación y ambigüedad ideológica desde el momento en que pasa por alto la posibilidad de poner en cuestión la propia posición desde la cual critica. De aquí que reclame, ya sin ironía, la recuperación de la planilla de evaluación de Roger de Piles, como pidiendo con cierta desesperación algún tipo de orden  objetivo que justifique el repartos de premios y castigos en el mundo del arte, sin necesidad de observar de frente y con franqueza la ambigüedad hiriente en la que el propio crítico se ve sumido. Y digo “ambiguedad hiriente” porque si bien puede resultar que el trabajo del crítico sea plácido en su indeterminación (por cierta sensación de libertad), no es menos cierto que dicha indeterminación es la que le permite, por sobre todas las cosas, soportar el hecho de que es un empleado a sueldo al servicio de los intereses de los grupos de poder que dominan los espacios en que escribe o enseña. Como se ve, entonces, el problema de la crítica de arte es, entre otras cosas, un problema de índole político.
   La tradicional dicotomía entre los críticos y los artistas reside a mi juicio en esta intención de separación y subordinación, de la cual el texto al que aludimos aquí es un ejemplo. Muchas veces los mejores críticos de arte han sido artistas, y esto se debe precisamente al hecho de que son ellos mismos quienes vivien en carne propia las contradicciones inherentes a su actividad bajo las condiciones sociales impuestas por el aparato cultural. Están por completo sumergidos en la práxis artística. Mientras tanto el crítico ha sido la mayor parte del tiempo, no más que un agente de los factores de poder con algún interés en el campo de las artes, ¿o acaso la crítica de arte, en la forma que la conocemos hoy, no surgió con el moderno mercado artístico?

    Personalmente pienso que la crítica de arte debería esclarecer su función social, es decir su derecho a la existencia en las actuales condiciones de producción artística e intelectual, antes de arrogarse el privilegio de subirle o bajarle pulgares a los artistas productores -que tienen, por su parte, mucho que hacer a propósito del esclarecimiento de sus propias contradicciones-. De ese modo haría honor a su nombre. Criticar es conocer, pero también es desenmascarar y denunciar. En la medida en que se practica con profundidad desenmascara y denuncia tanto las contradicciones externas como las internas. Pienso que antes que la desesperación reclame recuperar del pasado las tablas de Roger de Piles con el fin de ajusticiar a los artistas, deberíamos esclarecer el lugar y las funciones sociales de la crítica.
Pablo A. Chiavazza
__________
1 - Se trata de un artículo escrito en setiembre de 2007 y vuelto a publicar recientemente en la flamante página web del autor: http://www.revistadonmarlon.com.ar/index.php/artes-visuales/opinion/68-mendoza-ipinta-bien
 

Lisandro Aristimuño "Me hice cargo de tu Luz"

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